Cuando hablamos de fe, normalmente, nos referimos a una forma de creencia o confianza en una persona, cosa, deidad, doctrina o explicación, que se sostiene sin necesidad alguna de contar con pruebas a su favor. Es decir, tenemos fe en aquello que elegimos creer por encima de la posibilidad (o imposibilidad) de comprobar su existencia. La Biblia define la fe como la completa seguridad de que obtendremos algo que ni siquiera podemos ver.
Los hijos de Dios esperamos con confianza y paz porque sabemos en quién hemos creído. Por supuesto, nuestra fe está puesta en Dios y mientras más nos acercamos a él, más crecemos en la fe. El concepto de fe, sin embargo, aplica también para asuntos mundanos, como un sinónimo aproximado de confianza. Podemos tener fe en alguien, cuando confiamos ciegamente en él, o en sus capacidades para resolver un problema o conquistar el éxito en un asunto específico. Al mismo tiempo, la palabra fe se utiliza para denominar al conjunto de creencias que componen la doctrina de una religión (la fe católica, la fe musulmana, etc.)
Hebreos 11:1
Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
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